

Cómo leer el Antiguo Testamento sin perder de vista a Cristo
Muchos cristianos descuidan la lectura del Antiguo Testamento porque piensan que sería mucho mejor enfocarse en Jesús, quien aparece en el Nuevo Testamento. Esto es porque no tienen en cuenta que el tema principal del Antiguo Testamento (y de toda la Biblia) es Cristo y su plan de redención. De hecho, no podemos entender plenamente el Nuevo Testamento si no tenemos en cuenta el contenido del Antiguo Testamento, que nos revela el carácter de Dios, su creación, la caída del hombre en pecado y la promesa de un Redentor. Desde Génesis hasta Zacarías, los 39 libros del Antiguo Testamento apuntan a Cristo.
Abordar la lectura del Antiguo Testamento sin tener en cuenta la centralidad de Cristo, el Mesías prometido, se tornaría en lecturas meramente anecdóticas, o en historias donde se nos deja algún tipo de enseñanza moralista, pero no mucho más allá de eso. De ser así, sería una lectura sin provecho, ya que se pierde de vista el punto principal. Cuando Jesús, luego de resucitar, se aparece a dos de sus discípulos camino a Emaús, al verlos desalentados y sin esperanza, comienza a hablarles de todo lo que estaba escrito acerca de él en las Escrituras, es decir, en el Antiguo Testamento, al que los judíos llamaban «la Ley y los Profetas».
«Y comenzando desde Moisés, y desde todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que decían acerca de él». (Lucas 24:27, RV-SBT).
¿Cuál fue el resultado de que estos dos discípulos fueran expuestos a la página del Antiguo Testamento conectada con el tema principal de Cristo? El resultado fue que su corazón ardía; es decir, recuperaron la fe en las promesas de Dios y en la certeza de la resurrección de Cristo, quien se manifestó a ellos.
«Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las Escrituras?». (Lucas 24:32, RV-SBT).
De la misma manera, nuestro corazón, en virtud de la iluminación del Espíritu Santo, puede arder cada vez que recorramos las páginas del Antiguo Testamento, ya que es un punto de encuentro con Cristo, como veremos a continuación en varios aspectos: en promesas, tipologías y profecías.
Las promesas
Luego de la caída en el pecado de Adán y Eva, Dios ya promete un Redentor. En Génesis 3:15, Dios anuncia que la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente. Esta primera promesa se conoce como el protoevangelio[1], y establece el hilo conductor que atraviesa toda la Escritura hasta la venida de Cristo para vencer al diablo, el pecado y la muerte, y redimir a su pueblo.
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios establece pactos que contienen promesas progresivas y específicas sobre ese Redentor. Para Abraham (Génesis 12:1–3), incluye la promesa de una descendencia por medio de la cual serían benditas todas las familias de la tierra. El apóstol Pablo interpreta esto claramente en Gálatas 3:16, señalando que esa simiente es Cristo.
En la entrega de la Ley a Moisés, se deja ver que nadie puede justificarse por obras, preparando el terreno para la necesidad de un Salvador. El mismo Moisés anuncia la venida de un profeta como él, a quien el pueblo debía oír (Deuteronomio 18:15). Este pasaje es citado en el Nuevo Testamento como una referencia directa a Cristo (Hechos 3:22–23).
Posteriormente, al rey David se le anuncia la esperanza mesiánica al prometer un rey eterno, cuyo trono sería establecido para siempre (2 Samuel 7:12–14). Esta promesa no tenía como destino a Salomón, sino que los profetas y los escritores del Nuevo Testamento reconocieron que su cumplimiento final se encontraba en Jesucristo, el Hijo de David según la carne, pero que viene directamente de Dios (Mateo 1:1; Lucas 1:32–33).
Estas promesas no son simplemente anuncios aislados y desconectados entre sí, sino una revelación progresiva del plan redentor de Dios centrado en Cristo. Leer el Antiguo Testamento como un libro de promesas mesiánicas es reconocer que cada pacto, cada genealogía y cada anuncio apuntan hacia una sola Persona: el Mesías prometido, nuestro Señor Jesucristo.
Las tipologías
Una de las maneras más claras y significativas en las que el Antiguo Testamento anuncia a Cristo es mediante tipologías. Una tipología es una forma de enseñanza bíblica en la que Dios usa personas, eventos o instituciones del Antiguo Testamento como figuras reales que apuntan proféticamente a una realidad mayor y definitiva en Cristo. A diferencia de una alegoría, la tipología está basada en hechos históricos que fueron ordenados por Dios con un propósito redentor y con miras a enseñarnos acerca del futuro Mesías.
Adán, por ejemplo, es presentado como «figura del que había de venir» (Romanos 5:14). Así como por la desobediencia de Adán vino la condenación a todos los hombres, por la obediencia de Cristo vino la justificación.
Otro ejemplo notorio es el sacrificio de Isaac en Génesis 22. Abraham, obedeciendo a Dios, lleva a su hijo al monte Moriah para ofrecerlo. Justo cuando va a sacrificarlo, Dios provee un carnero en su lugar. Esta escena anticipa al Padre entregando a su Hijo, y a Cristo muriendo como sustituto. En Juan 8:56, Jesús dice: «Abraham, vuestro padre, se alegró de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó».
También el sistema levítico de sacrificios y el tabernáculo eran sombras del verdadero sacrificio y del verdadero templo. El libro de Hebreos lo explica con claridad: «Lo cual era figura de aquel tiempo» (Hebreos 9:9). El sumo sacerdote, que una vez al año entraba al Lugar Santísimo con sangre de animales, apuntaba a Cristo, quien entró con su propia sangre una vez y para siempre, logrando redención eterna (Hebreos 9:12).
Personajes bíblicos como Moisés, que intercedía por el pueblo, o José, que fue rechazado por sus hermanos y luego exaltado para salvarlos, prefiguran a Cristo. Jesús es el verdadero Mediador (1 Timoteo 2:5) y el auténtico Salvador, despreciado por los hombres pero exaltado a la diestra del Padre.
Leer el Antiguo Testamento con una mirada tipológica nos libra de interpretar las historias con fines meramente motivacionales o moralistas (por ejemplo, ser tan fuerte como Sansón o valiente como David para vencer al gigante). Más bien, permite comprender que esas historias apuntan a algo mayor: a Cristo.
Las profecías
Además de las promesas y las tipologías, el Antiguo Testamento contiene profecías explícitas que anuncian la venida, la obra y el reino del Mesías. Estas profecías fueron dadas a lo largo de los siglos para sostener la esperanza del pueblo de Dios y revelar progresivamente el carácter y la misión de Cristo.
Por ejemplo, en Isaías 7:14 leemos: «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel». Esta profecía, citada en Mateo 1:23, anuncia el nacimiento virginal de Jesús y su identidad como «Dios con nosotros». Isaías también presenta al Mesías sufriente en el capítulo 53, describiendo en detalle el rechazo, el sufrimiento vicario y la exaltación de Cristo: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados…».
El profeta Miqueas predijo el lugar exacto del nacimiento del Mesías: «Pero tú, Belén Efrata… de ti me saldrá el que será gobernante en Israel» (Miqueas 5:2), texto citado en Mateo 2:6. Zacarías anuncia la entrada triunfal del Rey manso y justo montado sobre un asno (Zacarías 9:9), cumplida en Mateo 21.
El Salmo 22, escrito por David, anticipa la crucifixión con expresiones que se cumplieron literalmente: «horadaron mis manos y mis pies», «repartieron entre sí mis vestidos». Aunque escrito siglos antes, ofrece un retrato claro del sufrimiento del Mesías.
Así podríamos multiplicar los textos de profecías explícitas que tuvieron cumplimiento en el nacimiento, vida, muerte, resurrección y ascensión de Cristo. La Biblia, como menciona Pedro en 2 Pedro 1:19, es la «palabra profética más segura».
Conclusión
Cada vez que nos acerquemos a la lectura del Antiguo Testamento, tengamos en cuenta estas tres claves: promesas, tipologías y profecías.
Jesús mismo enseñó que las Escrituras hablaban de Él:
«Y él les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros, que era necesario que se cumplieran todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos». (Lucas 24:44, RV-SBT).
La lectura correcta del Antiguo Testamento no fuerza a Cristo en los textos, sino que lo reconoce allí donde el Espíritu Santo ya lo había revelado con claridad. Al leerlo con esta perspectiva, comprendemos que Dios no improvisó la salvación, sino que anunció con precisión la venida de su Hijo. ¡Cristo no es una figura añadida al texto, sino el centro de toda la Escritura!
Notas
[1] Protoevangelio: del griego prōto (primero) y euangelion (buena noticia); designa la primera promesa de salvación, dada en Génesis 3:15.
